Caminata por Jericó

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Caminata por Jericó
Publicado en Marzo 27 de 2007

Como en la visita que el 23 de septiembre de 2006 hicimos a la tierra donde brotan la arquitectura colonial, los carrieles, el cardamomo, el café, el plátano y las muchachas bonitas, quedamos antojados y medio empezados, el sábado pasado regresamos a deshacer los cayados para conocer los sitios que se nos quedaron sin tachar en la generosa propuesta turística que el municipio de Jericó ofrece a todos sus visitantes, incluyendo la montada en el recién inaugurado teleférico que une el morro el Salvador y el ecoparque natural Las Nubes, lugares que en la anterior visita conocimos y disfrutamos a punta de alpargata ventiada.

Debido a dos intentos fallidos durante sendos sábados continuos, para viajar en los buses de Transportes Jericó, dada la afluencia de turistas, optamos por irnos estirando nuca en Hermenegildo, el pichirilo del lobato Londoño, quien como cumplido chofer repartidor de leche, madrugó a recoger a los caminantes en sus propias residencias, salvo a Luis Fernando quien muy juicioso nos esperaba sentado leyendo el Colombiano en los bajos del puente de la calle 10. Luego de la vaca de rigor y de la tanquiada con gasolina extra, por que Herme es pinchaito, cogimos rumbo al sur a tomar la vía para el Suroeste, en medio de una mañana soleada y de una tertulia móvil al mejor estilo de costurero de beneficencia.

A la hora de camino paramos a desayunar en el estadero La Cascada. Allí nos esperaba Olguita, quien nos recibió y nos atendió como si fuéramos sus primos hermanos. Por el enorme mesón que rodea al altar central decorado con enormes ollas donde se prepara la aguapanela, la mazamorra, los fríjoles, etc, desfilaron los desayunos compuestos por: huevos acariciados con cebolla y tomate, chicharrones crespos, arepas de maíz amarillo, carne de cerdo a la plancha, quesito y chocolate; generoso menú que quedo plasmado en la lente de nuestro Polaroid Olaya y en nuestras agradecidas barrigas. Para destacar que en dicho restaurante sólo tienen una alternativa de postre, la administradora.

Luego de coquetearle al cerro Tusa y a esas hermosas montañas que componen esa región del Suroeste, llegamos a Bolombolo, tradicional por sus jugos, sus tortas de pescado y sus dulces. Allí nos encontramos con nuestro río Cauca, que sereno, imponente y silencioso sigue su curso hacia santa Fe de Antioquia, su próxima estación. Desde allí el viaje se hace por terreno plano bordeando el río, aparecen el sonido de las chicharras, los extensos sembrados de cítricos, los camiones llevando su preciada carga de café, los potreros con su ganado vacuno, las matas de matarratón a lado y lado de la vía y los árboles frutales tan generosos en este clima cálido. Luego de otra hora de camino comenzamos el ascenso a Jericó por una carretera que tiene forma de tirabuzón, en los últimos 23 kilómetros, de los 113 que lo separan de Medellín, se pasa de 600 metros sobre el nivel del mar a 2.000 metros, al cabo de los cuales se sienten hasta las pisadas del cielo. La entrada a Jericó se hace por calles adoquinadas, adornadas con casas bien pintadas con balcones florecidos. Luego de dejar a Hermenegildo cerca de la plaza de Bolívar y parque Reye, nos tomamos el obligado tintico en una de los tantos bares que tiene uno de los costados de la plaza. De allí pasamos a la Catedral Nuestra Señora de las Mercedes, obra de estilo romántico moderno, en donde pedimos las 3 gracias, costumbre de nuestras abuelas y madres, para luego entrar a detallar su construcción.

Llama la atención la base del altar, hecha en piedras, algunas de las cuales tienen pintados los nombres de los municipios y corregimientos que conforman la diócesis, así mismo se destacan el bautisterio y los diferentes altares. A la entrada de la basílica nos encontramos uno de los loquitos del pueblo, con su vestido de cachaco y la corbata con un nudo que acaba de cumplir 30 años de haberse hecho, quien nos decía; “traigan a Uribe con una volquetada de policías para recuperar la plata que me robaron” con razón dice Juan Fernando: “Como viven de bueno los locos y los muertos”.

Al salir al parque nuestro cariobispo (Juan Fernando) nos compró los tradicionales dulces de Jericó, compuestos por los bombones de coco, los confites de cardamomo, las colaciones, las manzanitas de coco, arequipe, galletas de mantequilla, etc, ya se imaginaran, todo el día la pasamos chupando confites hechos de panela con cardamomo, semilla muy apetecida en el exterior, por lo que ha sido fuente de exportación.

Continuamos nuestro recorrido por los lados del cementerio y el seminario. La salida se hace por la calle más comercial de Jericó, compuesta por almacenes de variedades, cacharrerías, tiendas y mini mercados, todos dispuestos y decorados con ese toque pueblerino que encanta y atrae. Vamos dejando el pueblo y entramos en la zona residencial por lo que llegan las casas de puertas siempre abiertas, con sus corredores relucientes, el patio central que parece la muestra gratis de un orquideograma, las gatos y las bailarinas en porcelana que adornan las ventanas, por las cuales se pueden ver los cuartos con sus camas religiosamente bien tendidas.

En la mitad del recorrido nos encontramos con el convento de las madres Clarizas, en cuyo muro exterior puede leerse este escrito:

“El silencio del monasterio no es silencio,

Es un concierto sublime

Que el mundo no comprende.

Es ese silencio que dice: no hagas ruido

Que estoy hablando con Dios.

Es el silencio del que se calla

Para que las palabras no interrumpan

El dialogo con Dios”

Dos cuadras mas adelante encontramos el seminario y luego el cementerio, que posee, entre sus mausoleos, el que guarda los restos de Francisco Santamaría, fundador de Jericó. El regreso lo hacemos por otras calles para conocer otros aspectos del pueblo. Nuevamente en la plaza tomamos rumbo al sur con destino a la finca hotel las tapias en donde teníamos programado el almuerzo por recomendación de Juan Fernando, conocedor del sitio. La distancia es de 3 kilómetros por carretera destapada en regular estado, la cual cubrimos en menos de una hora. Como la intención era llegar hasta el asilo pasamos de largo por la finca hotel, pero al llegar al río Playas tuvimos que regresar porque el lodo hacia intransitable el puente.

Instalados en las Tapias, fuimos atendidos por su administradora, quien muy amablemente nos preparó el almuerzo consistente en: sopa de ahuyama, sazonada con cebolla de huevo por gastronómico pedido del cariobispo, carne de res o de cerdo a la plancha, papas a lo Jericoana, arroz medieval, por su presentación en forma de castillo, ensalada nacionalista, todo verde y de sobre mesa agua de panela con limón. El almuerzo transcurrió en medio de las fotos de rigor, de bambucos y guabinas y de una lluvia no muy fuerte que refrescó el ambiente. Antes de partir nos tomamos algunas fotografías sentados frente a la consola de una antigua telefónica.

De regreso al pueblo el lobato agotó sus existencias de bombones con los niños que se fue encontrando a lo largo del camino. La entrada la hicimos por el parque los fundadores, en donde se localizan la iglesia del Inmaculado Corazón de María, recién pintada y reparada, el teatro Santamaría y el edificio de la alcaldía.

Para cumplir con la montada en el teleférico tomamos la vía al morro el Salvador, en donde, además, se encuentra la imagen de Cristo Rey. La subida al morro se hace por las escalinatas de la calle 4, forradas en piedra, lo que le da un aire de poesía y un toque de romance, con razón tanto a la subida como a la bajada no falto la pareja aromatizando el ambiente con sus besos. Luego se toma el sendero ecológico ubicado en predios del jardín botánico Los Balsos, en un recorrido de unos 15 minutos. En la cima del morro esta la estación del teleférico. Las boletas tienen un costo de $5.000 por persona para los dos recorridos. Cada cabina tiene una capacidad de 10 pasajeros, 8 sentados y 2 de pie, el recorrido dura 5 minutos y la bienvenida la da Yolima, una hermosa y amable chica muy comprometida con el nuevo atractivo turístico de su pueblo. El recorrido se hace en forma lenta, lo que permite admirar todo el pueblo en su extensión, así como su zona rural y las montañas vecinas.

La estación Terminal esta en el cerro Las nubes, que además de parque ecológico hace las veces de mirador de todo el complejo montañoso y del cañón del río Cauca, desde allí se pueden observar los pueblos de Santa Bárbara y Concordia, los cerros Tusa y Bravo, así como Cauca Viejo, la replica de un pueblo compuesto por hermosas casas campestres. Por disposición de los operadores esperamos 20 minutos antes de hacer el viaje de regreso.

De nuevo en la plaza, Juan Fernando compra más dulces para llevar a su familia, así mismo, Carlos compra más manzanitas de coco las mismas que no dan un brinco. La salida, que más bien parece el juego del laberinto secreto, nos permite pasar por la casa natal de la beata Madre Laura, otro personaje insignia de Jericó. De bajada paramos en el estadero Bella Vista a admirar el paisaje conformado por las montañas que a esa hora se llenan de exhuberancia y belleza gracias a la caída del sol que demarca en forma artística sus pendientes, más bien parecen un cuadro pintado al óleo, lo que le permite a Caliche tomar sus panorámicas, también son dignos de admiración los atributos femeninos de la propietaria del pequeño estadero

La noche nos tendió su manto en Bolombolo por lo que el viaje se hace más lento debido a la regular señalización de la vía. A las 8 de la noche llegamos a la bella villa con el corazón cargado de naturaleza y los bolsillos de confites de cardamomo.

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