San Vicente – El Peñol

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San Vicente – El Peñol
Publicado en Noviembre 01 de 2006

El día despuntó con una mañana con cara de vergüenza, apenada seguramente por la noche anterior tan lluviosa y tormentosa; no obstante, pusimos los zurriagos a discreción y llenamos las mochilas de agua, frutas, dulces e ilusiones por la caminata que nos esperaba.

Con el preámbulo de las cotidianas oraciones, pasadas con un juguito de naranja, me encontré con Juanfer en la estación Estadio, para continuar luego hasta la Terminal del Norte en donde nos reunimos con Luisfer. Faltaba a la cita Carlos Olaya, quien por motivos laborales no pudo acompañarnos, así que le dimos licencia caminera no remunerada.

Como esta caminata ya la habíamos hecho, pero por otra ruta, ya sabíamos los horarios de salida de las busetas, así que sin mucho afán hicimos la consabida vaca y compramos el tiquete para abordar la que salía a las 7 y 30. Mientras llegaba la hora nos acercamos al mismo kiosco a tomar el tintico o el cafecito en leche, según el gusto, pero esta vez le jugamos infidelias a nuestros buñuelotes, y optamos por acompañar con unas empanadotas, tan grandes que no se venden por unidades sino por libras.

A las 7 y 25 abordamos la buseta tipo escolar para doce personas, de esas tan bajitas que uno tiene que entrar en cuclillas como si estuviera pagando un castigo en el regimiento. Luego bregue a acomodarse en las banquitas que tienen tamaño para niños de maternal, imagínense, entonces, la entrada y la sentada del lobatico (Jorge Iván) con sus 84 kilos (90, 90, 90) sus 1,78 mts, su morral repleto de bombonbunes y su largo cayado; además, Juanfer y Luisfer tampoco lo hacen mal en materia de medidas reales, siendo un poco más “limados”. Por fin nos pudimos acomodar, y más patiabiertos que borracho dormido en banca de iglesia, cogimos autopista norte con rumbo al oriente.

En una horita llegamos a san Vicente Ferrer, municipio fundado en 1776, ubicado a 49 kilómetros de Medellín, a una altura de 2.150 mts sobre el nivel del mar y con 25.500 parroquianos. Reconocido por sus sembrados de fique para elaborar la cabuya, fríjol, maíz y papa.

Luego de las primeras fotos en la plaza y a la iglesia de nuestra señora de Chiquinquirá, que como dato curioso es de las poquitas que tienen el reloj bueno, porque de resto a todos se les cayó “el pelo”, debido a la calvicie por vejez, y dejaron de funcionar. Bueno, al fin y al cabo nuestros pueblos son tan tranquilos y la vida transcurre con tanta calma, que la única hora conocida es la del Ave María, “ruega por nosotros los pecadores a la hora de nuestra muerte, amen”.

Terminado el saludo de rigor en el templo del Señor, que allí también es de apellido Zuluaga, para no desentonar, pasamos a manteles al restaurante de misia Teresita, quien de inmediato nos reconoció por la visita que le hicimos el pasado primero de abril, fecha de nuestra anterior caminata. Como buenos clientes nos atendió en la propia cocina, donde humeaban las ollas y se oía el burbujear de las viandas para al almuerzo. El pedido resultó muy fácil: calentado con huevo, arepa y chocolate y unas yucas sudadas de “ñapa” para el lobatico, es que ser el tesorero del grupo tiene sus ventajas.

Pagada la cuenta de $8.500 por los tres desayunos, favor leer bien, $8.500 por los tres desayunos, dimos inicio a nuestra caminata saliendo por la calle más estrecha y pendiente que pueblo alguno pueda tener, hasta los gatos tienen que bajar en zig-zag para no pelotearse. Caminamos tres cuadras y quedamos en las goteras del pueblo para tomar la carretera destapada que conduce a varias veredas y al municipio del Peñol. El reloj marcaba las 9 y 20 de la mañana, de una mañana que en ese momento se mostraba despejada y adornada con los rayos del sol que anticipaban lo que sería un esplendoroso día de verano. Olvidaba comentar que al llegar a la plaza se me acerco una señora y me preguntó: ¿Ustedes van con la caminata organizada por la alcaldía? Le respondí que no. Entonces le pregunte que quienes eran y para donde iban, me contestó: van como unas 105 personas, todos de San Vicente, van para el Peñol y salieron a las 7 de la mañana.

La carretera estaba supremamente empantanada, producto de las lluvias de las noches anteriores, lo que hizo aumentar nuestra estatura gracias a la capa de barro que se formó debajo de nuestras botas. No hubo que esperar mucho para que aparecieran los sembrados de fríjol, que en aquella región se entrelazan con el maíz, lo que forma una coreografía de verde pasión, porque al fin y al cabo el fríjol y el maíz han sido la base alimenticia de nuestra raza paisa.

El andar se hace en medio de una amena conversación que incluye toda clase de temas, se habla del buen fútbol, de la buena situación del país en algunos aspectos, de las cosas buenas sucedidas durante la semana, añoramos los carrizos de Viena Ruiz, opinamos sobre las columnas de nuestros amigos Oscar Dominguez, Raúl Tamayo, Bernardo González y Pablo Mejía, rajamos o defendemos la obra de Fernando Botero y Pablo Picasso, hablamos maravillas de nuestro alcalde y gobernador, “hijueputiamos” a aquellos, alabamos la obra de Rodrigo Arenas Betancur, hablamos de la iglesia y sus ministros, nos dolemos de la situación de algunas ciudades colombianas, rajamos de casi todos los políticos, elogiamos las que no tienen paraíso, suspiramos por los amores platónicos de nuestra juventud. En una palabra, hacemos todo un tratado de costurero pero mejor presentado que la revista Vanidades.

Llegamos a la vereda la Floresta, donde el paisaje, conformado por cerros y montañas, se abre para mostrarnos su inmensa extensión. Allí encontramos, al borde de carretera un pequeño altar o santuario vacío, el cual es ocupado por San Juanfer para la fotografía de rigor, quedando con pose y mirada de candidato para el congreso. Favor enviarnos evidencias de los milagros para remitirlas a Roma, con el fin de lograr, ahora si, su beatificación. A una cuadra del altar, pudimos observar un extenso cultivo de brócoli, verdura que por primera vez vimos de cerca en su propia mata.

Luego de dos horas de camino llegamos al sitio donde la carretera se parte en dos. Como en la caminata anterior tomamos a la izquierda, que pasa por el marial, ahora nos correspondía seguir por la derecha, que nos llevaría también al Peñol, pero entrando por el puente colgante. En este sitio nos encontramos a quienes la vez pasada estaban empacando fríjol, por lo que nos preguntaron si nosotros íbamos con el otro grupo de caminantes. Muy cerca de allí nos encontramos a varios campesinos cargando sus mulas con materiales para la construcción, los cuales deben llevar varios kilómetros adentro de la carretera para terminar la casa que están construyendo para uno de ellos. Allí también nos dijeron que íbamos muy atrasados con relación a los otros caminantes, por lo que optamos por responder que les habíamos dado 2 horas de ventaja.

Luego de dejar atrás el chuzo de Joaco, el que encontramos cerrado, llegamos a una humilde casa donde le regalamos un bombombum a un niño que estaba sentado en la manga de adelante. Ya íbamos a seguir derecho cuando fueron saliendo los hermanitos, hasta que se completaron los seis, por fortuna hubo bombones para todos.

De esta casa nos hicieron devolver porque íbamos por el camino equivocado, así que siguiendo las instrucciones volvimos al camino correcto, no sin antes darnos una vuelta por una finca ganadera en la que nos llamó la atención un enorme toro, y cuyo mayordomo nos atendió con esa amabilidad que caracteriza a nuestros campesinos, desprovistos de toda malicia, hasta nos invito a dar una vuelta por la finca para conocer los potreros, propuesta que aceptamos, pues íbamos con tiempo de sobra.

Nuevamente en la carretera nos encontramos con una hermosa chica que iba con su hermanito; su candidez y su belleza fueron motivos para las trovas de Juanfer quien se lució, y no era para menos. A media cuadra nos encontramos una monita, quien también cayó en la telaraña de rimas de nuestro ñito Echeverri.

Entre mandarinas, peladas en la sombra por fina recomendación de las consortes, dizque para evitar manchas en la piel, granadillas generosas en pecas y en semillas, y en agua bendita, pasamos por la zona de alimentación, justo al frente de la piedra el peñolcito, una réplica de la del Peñol, pero en jurisdicción de san Vicente.

Como a las 4 horas llegamos a la primera tienda abierta, atendida por su propietario, un señor más sordo que una tapia. Esa tienda estaba tan mal surtida que hasta Juanfer dijo que el inventario se le puede hacer mirando por el ojo de la cerradura. Lo mejor de ese lugar es la panorámica, pues desde allí se ve parte del embalse y la piedra del Peñol, atractivos turísticos de esa región.

Terminadas las gaseosas continuamos nuestra marcha hasta encontrarnos con unos campesinos que estaban separando y empacando papa en costales, hasta nos regalaron papa para traer, ¿pero quien camina con 10 kilos de papa encima? Uno de ellos nos indicó la ruta del último tramo hasta llegar al puente colgante. Así que con una nueva trova de nuestro ñito nos despedimos de estos amables campesinos.

Siguiendo las instrucciones llegamos a la casa roja y azul que varios nos habían indicado, algunos nos decían cuando lleguen a la casa roja voltean a la derecha y otros que cuando llegáramos a la casa azul, lo cierto del caso es que esa casa debe ser de un hincha del poderoso DIM, porque esta pintada con sus colores. Allí tomamos a la derecha, seguimos unos 200 metros y nos topamos con la casa que tiene el techo nuevo, otra de las señas de los paperos, diez metros después de esa casa van a encontrar un portillo el cual deben pasar y ahí si hágale pa´ bajo como alma que lleva el diablo.

Llevaríamos bajando unas 3 cuadras cuando nos encontramos un campesino que subía en pura tercera, como si nada fuera. Le preguntamos si era el camino correcto y nos respondió que si, que tuviéramos cuidado porque más adelante salíamos de esta trocha y entrábamos a un camino real y que donde encontráramos un aserradero ahí nos entramos por un portillo y que ese camino nos llevaría al puente colgante. Así lo hicimos, con tanta suerte que un campesino que bajaba nos alcanzó y se nos unió. El hombre se llama Jorge, igual que el lobato, cultiva la tierra e iba para el peñol, daba la sensación de que estuviera copetón, pero no, es que tiene un defecto al hablar. De todas formas, si no es por Jorge a esta hora quien sabe donde iríamos, porque el tal aserradero no aparece a simple vista sino que hay que buscarlo como en las páginas amarillas, así que gracias a nuestro improvisado caminante encontramos el portillo correcto, por lo que en 15 minutos llegamos al famoso puente colgante, que pasa por encima de un brazo del embalse de Guatapé.

Pasado el puente se camina una cuadra y se sale a la carretera principal, la misma que va para el Peñol, Guatapé, San Rafael, San Carlos y otros municipios del oriente antioqueño. Allí en una tienda, esa sí muy surtida, nos tomamos las gaseositas, incluida la de nuestro guía, quien espero a que llegara la buseta para llegar hasta el Peñol. Mientras tanto nosotros comenzamos a devorar el último kilómetro por carretera pavimentada, tramo que hicimos en 20 minutos a buen paso. Siendo las 3 y 30 de la tarde llegamos al Peñol, que tiene una de las entradas más atractivas que conocemos, consistente en una amplia avenida, rodeada de jardines y de un barrio de casas muy agradables.

El Peñol, llamado el Fénix de Antioquia, fue fundado en 1714, cuenta con 18.000 habitantes, está a una distancia de Medellín de 67 kilómetros y tiene una temperatura promedio de 18 grados centígrados. El anterior Peñol fue inundado por las aguas del actual embalse, por lo que las Empresas Públicas de Medellín lo trasladaron a su sitio actual, o sea que se trata de un pueblo relativamente nuevo. La iglesia es una replica de la piedra del Peñol

Para almorzar nos instalamos en el restaurante El Paisa, ubicado en la avenida principal. La verdad es que con la sola entrada, sopa de sancocho, quedamos arreglados, pues a esa sopa no la faltaba sino la carne para ser un sancocho completo. Con razón dicen por ahí que el mejor revuelto del sancocho es la carne. Así que los dos platos adicionales que ordenamos, pedimos que nos los empacaran en una cajita para entregárselo a una persona pobre. Al igual que las caminatas anteriores, el claro frío fue el acompañante, el mismo que nos sirvieron en tasa grande y por partida doble.

A las dos cuadras del restaurante nos encontramos con los caminantes de San Vicente, quienes se disponían a regresar a su pueblo, en sendos camiones de escalera que los habían escoltado durante toda la caminata y que en algún momento les sirvieron para darles una remolcadita. Así que nos pusimos a conversar con algunas de las señoras. Es de anotar que la mayoría llevaban camisetas alusivas a su municipio, patrocinadas por Indeportes Antioquia.

En la ruta para la flota nos encontramos un viejito a quien Juanfer le ofreció la caja con la comida, pero el señor con mucha honradez le dijo que había almorzado en la casa cural, pero por fortuna en ese instante apareció una señora de especto humilde quien recibió muy agradecida el suculento regalo.

Luego de comprar los tiquetes para la buseta que salía a las 4 y 30 fuimos a la iglesia a tomar algunas fotos, y para constatar que el reloj de la misma también funciona como el de san Vicente. Antes de montarnos en la moderna buseta, ésta si de una altura apropiada que nos permitió subimos bien derechitos, no sin antes tomar en el bar. donde está la flota, el famoso guandolo (aguapanela con limón injerto) bien heladito.

Instalados en las penúltimas bancas, salimos rumbo a Medellín, en un viaje muy tranquilo y agradable, que culminó en la Terminal del Norte a cuya plataforma llegamos a las 6 de la tarde. Allí, en uno de los kiosquitos, pedimos las últimas gaseosas, dos de las cuales vienen en botellas desechables blindadas, por lo que casi desistimos de comprarlas ante la imposibilidad de abrirlas, sólo la mano multada del lobato pudo abrirlas.

De la Terminal pasamos al metro, el cual nos internó por el centro de nuestra ciudad. En la estación San Antonio nos despedimos de Luisfer, y Juanfer y el suscrito seguimos para la línea B hacia San Javier. Esa línea tiene una letra muy bien puesta, la “B” porque con esa letra se escribe belleza, calificativo para la caminata que terminábamos y para algunas mujeres que adornaban el vagón que nos dejaría en nuestras respectivas estaciones.